Hay
veces, que sin saber el porqué intuyes
que vas a ser feliz en un determinado lugar
sin haber estado antes en él.
Desde el otoño del 2000 llevaba yo
queriendo acercarme a Chillida leku. Algunos
conocidos me han hablado, a lo largo de
estos cuatro años, de la finca donde
Eduardo Chillida creó su particular
diálogo con la naturaleza.
Por
fin llego el día y como no podía
ser menos, un día radiante, lleno
de luz.
Por arte de magia a las 10h15 estaba en
la entrada pero antes, en el aparcamiento,
un grupo me confundió con la guía
que les enseñaría posteriormente
el museo. Creo que llevo un cartel en la
cara que dice “GUIA”. Luego, cuando nos
cruzábamos por el recinto nos reíamos.
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El primer contacto con Chillida leku fue caótico.
Hay cámaras de seguridad hasta en las ramas
de los árboles. Al entrar tuve la sensación
que me colaba en un supermercado pero de lujo: un
prendedor de pelo 9 euros, un libro delgado, tipo
catálogo 15 euros, un pañuelo 80 euros…En
resumen, un comercio a base de una vida artística.
Yo no entiendo el arte de esta forma, debe ser el
marketing yanqui.
Se
paga una entrada de 7 euros y luego si quieres ir
acompañado de guía, un suplemento
de 4,50 euros. Como hay gente adicta al café
y no hay cafetería pero sí unas máquinas
estupendas pues ahí empezó mi lucha
titánica con el aparato expendedor del aromático
líquido.
El amor-odio entre las máquinas y yo es recíproco.
Meto el dinero y me lo expulsa, vuelvo a meterlo
y doy a otro botón, me lo vuelve a escupir.
Alguien me apunta que dé a otro botón,
doy y por fin se traga los 60 céntimos. Ahora
hay que elegir tipo de café pero antes había
que haber dado al botón del azúcar
y no di, luego café sin azúcar. Se
oye como cae el líquido, se abre un diminuto
ventanuco y aparece un vaso de plástico,
voy a cogerlo y no se despega de la máquina.
A todo esto, la cámara gravando, por encima
de mi cabeza, la odisea. No sé que sabor
tendría el café, no era para mi pero
trabajo me costó y eso que alguien me iba
dando las pautas a seguir. ¡Qué inepta
la Irene!.
Mientras andábamos en tratos con el susodicho
aparato, una persona del grupo había desaparecido
pero no era cuestión de andar
buscándola por 12 hectáreas de terreno.
Empieza
la visita guiada con un sol radiante y una guía
visiblemente nerviosa. Esto al comienzo, es normal
hasta que se hace “un barrido de grupo” es decir,
se sondea uno por uno a tus acompañantes,
éramos 18-20 personas. A los cinco minutos
era una bendición seguir sus pasos junto
a todos los miembros de un grupo variopinto, nada
homogéneo.
Desde
que pisé la hierba para ver las piezas
más de cerca hasta que salí
tres horas después, me sentí
como si estuviese flotando libre por los
prados del valle. Palpaba los cuatro elementos
de la naturaleza: el agua se hacía
notar en el rocío de la hierba, el
aire lo respiraba, la luz era tan intensa,
con tantos matices, con tanta fuerza que
aún con gafas de sol tenías
que fruncir el ceño y estaba la tierra,
que esta vez, sobre su regazo sostenía
complacida algo que jugaba, bailaba y se
integraba con ellos cuatro. Eran unos hierros
muy raros de muy variadas formas (algunos
con cuernos), tamaños, colores y
materiales. Iban saltando por la loma y
se dispersaban a su antojo eligiendo su
lugar favorito. Allí donde unos altivos
árboles con las hojas recién
estrenadas se colocaba otro árbol
de acero cortén, que los cuatro dioses
de la naturaleza (agua, aire, luz y tierra)
le habían otorgado la pátina
del color pardo rojizo.
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Un poco más allá, otra mole, esta
vez de granito indio, igual que un verraco o un
mikeldi pacía placidamente. Pero según
la guía, aquello no era ningún verraco
sino una pieza relacionada con el aire. ¡Pues
si ella lo dice, verdad será!.
A medida que avanzábamos, íbamos conociendo
a un hombre a través de sus hierros y sus
piedras, profundamente preocupado por perfeccionar
su idea sin dañar la materia.
Tuve las mismas sensaciones que cuando visite la
Barcelona de Gaudí ¡Qué creatividad!,
¡Qué pureza!, ¡Qué perfección!,
¡Qué ideas más claras! Esta
gente no se tenía que morir nunca.
Su número favorito era el tres, sus obras
descansan sobre tres puntos de apoyo. Chillida no
debió de sufrir en sus carnes “la visita”
de una tercera persona en su relación de
pareja.
A
lo largo del recorrido, la guía comenta la
forma de trabajar el acero cortén y la manera
de ensamblar las piezas que raramente utiliza la
soldadura. Se menciona varias veces la cola de milano.
Yo creía que era una cola pegamento pero
me extrañaba que habiéndome criado
entre carpinteros no hubiese visto u oído
la cola de milano. Casi al final entendí
que era la forma de juntar varias piezas a modo
de cola de milano ya que los milanos, sobre todo,
el milano real, la tiene ahorquillada, como dientes
de sierra, y las piezas encajan perfectamente unas
en otras.
Se
dice también que el escultor tenía
un taller en Reinosa (Cantabria), luego, tuvieron
que pasar, tanto él como sus obras, por el
valle de Mena. Y no se enteró que estaba
atravesando toda una obra de arte, ¡eso sí!
tuvo tiempo para sacarse unas fotos con el Pablete.
Podía haberle dedicado a la Peña aunque
solo fuese una púa del peine de los vientos.
La hubiésemos colocado en el Ordunte y así
lucharía contra los futuros molino de aire,
viento. O se aliaría con ellos ¿Quién
sabe…?.
Pero la sorpresa vendría después.
El caserío Zabalaga es punto
y a parte.
Antes de entrar y mientras la guía hacía
una introducción al edificio, vi algo que
me fascinó: entre las piedras, en los huecos
de la fachada había dos pájaros distintos
que, ajenos al ajetreo de los humanos, entraban
y salían sin parar. Habían elegido
el caseretón para criar a sus polluelos y
uno de ellos me pareció un herrerillo.
Pensé: -¡Hasta los pájaros disfrutan
con Chillida!.
Al atravesar el umbral descubrí el ventanuco
del escultor. Hasta ahora no había visto
una casa tan bien decorada, solo contaba con el
esqueleto. En el vacío también hay
belleza. A partir de ese momento poco me importaron
las figuras en alabastro, en terracota ni tan siquiera
los trabajos en madera, solo tenía ojos para
la estructura del viejo caserío y la luz
del sol que entraba por el este con los rayos más
puros como en el románico.
Se
acababa de inaugurar “Divertimento”, la obra más
íntima del autor con algo de pintura. Observé
varios cuadros con una peña azul oscuro,
casi morado al fondo y a sus pies un valle verde.
Dicen que lo pintó en un pueblo con molino…
Cuando
salía del cascarón tuve la sensación
que había contemplado la obra de un hombre
gris. No sé lo que pasó pero era tal
la fuerza, el magnetismo que una lágrima
brotó, no sé bien de donde, se deslizó
por mi cara, cayó en el acero cortén
y desapareció. Al instante, gravité
no sé si en espiritualidad, en arte, en misticismo…
Fue un instante infinito lleno a rebosar de serenidad,
dulzura, belleza, pureza, ternura, color, música,
calor. ERA LA FELICIDAD.
GRACIAS CHILLIDA LEKU.