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“La misa
dominical”
Con las procesiones de Semana Santa se
aviva, un poco, el fervor religioso y las visitas a las
iglesias aumentan. Este domingo de Ramos, en la villa marinera
de Santoña, los feligreses salían de la iglesia con su rama
de laurel bendecida.
No se si llamar
“envidia sana” o envidia pura y dura a lo que siento cuando
veo la estampa de todo la familia acudiendo a misa de 12.
Es todo un
protocolo a seguir el domingo. Desde que los niños se levantan
y andan a su aire por la casa eso sino se han enganchado a los
dibujos de la televisión y hay que estar dando pequeños
avisos de que se vistan para acudir a la iglesia. Pasando por
dejar la casa arreglada y la comida preparada para cuando se
vuelva a eso de las 14.00 horas. Y sin olvidar al que llaman
“cabeza de familia” que es el único que no tiene un papel
definido en el tiempo pre-misa; anda por la casa de la cocina
al salón luego sale al jardín, sin rumbo, haciendo tiempo.
Bueno, hay veces que sale en busca del pan y los bollos de
leche antes de desayunar.
A las 11h 50 toda
la familia sale de la casa como auténticos pinceles,
impolutos, salidos de los mejores catálogos de moda y si a
ellos se les unen los abuelos pues ya la perfección absoluta.
Al llegar a la
puerta del templo comienza la vida social.
En lugares tan
distintos con Plasencia (Cáceres), Reinosa ( Cantabria) y
Aguilar de Campóo ( Palencia), la vida social que se palpa es
muy similar y curiosamente los tres cuentan con bellas plazas
porticadas que después de la misa se convierten en hervideros
de gentes.
Acabada la
celebración religiosa que afortunadamente cada vez dura menos
y ya en la calle, se forman los grupos de todos los domingos y
para muchos el mejor momento de la mañana, el momento de las
relaciones, las conversaciones y el “poteo” que dirían los
vascos. Entre los “marianitos” las “coronitas”, “los riojas”,
“los ruedas” y el incordio de los críos pidiendo todo tipo de
chucherías se acaba uno olvidando que el objetivo de la
mañana era el Evangelio y seguido el sermón del cura, que por
cierto, aquí en el valle cada vez que le oigo a uno de ellos
empezar por “Amadísimos míos” me dan ganas de salir
corriendo.
Cuando se va
acercando el reloj a las 2h de la tarde, la familia vuelve
de regreso a la casa cargada con el periódico, la docena de
pasteles, las chucherias de los crios, la cabeza como un bombo
del ruido de los bares, el animo más alegre
( dependiendo del
número de vermuts tomados) y con esa sensación placentera del
deber cumplido. Y aunque ellos lo ignoren con esa estampa, que
a mi me da un poco de envidia de “la familia perfecta”.
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