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“LA CULTURA DEL PRADO”
El mes de junio y parte de
julio son los meses de mayor actividad en el microcosmos rural. La
siega y recogida de la hierba es todo un ritual aquí en el valle y
en los alrededores.
El prado es un ecosistema fruto de varios siglos de intervención
del hombre en la naturaleza, está en continuo cambio, gira en
torno a los núcleos rurales y es el hábitat de las vacas que
pastan en Mena.
Se distinguen varios tipos de praderas: la pradería de montaña,
los prados de siega, las praderas artificiales (alfalfa,
esparceta…) y los prados que son pastados todo el año y por
consiguiente no se siegan.
La pradería de montaña se localiza principalmente en las laderas y
lomas de la cordillera del Ordunte, donde el ganado (vacas,
caballos…) pastan prácticamente todo el año, no se siegan ni
tampoco se abonan, aunque en los últimos años se fertilizan con
abonos minerales.
Parte de la pradera del Ordunte es consecuencia de las talas,
deforestaciones y sobre todo incendios. |
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La vaca monchina ha campeado a sus
anchas por estos bellos, empinados, sabrosos y nutritivos pastos.
Ahora todo es una mezcolanza de ganado.
Bajando de las montañas y
acercándonos a los valles de Mena, los prados dan la fisonomía de un
valle lleno de matices en verde. Junio es, sin duda, el mes más bello
del año en Mena y se lo debe a la siega de los campos.
La siega se lleva a efecto una vez al año y hasta ese momento se trata
a la hierba con verdadero mimo. En octubre y noviembre se abonan las
fincas con el estiércol seco de las cuadras, que durante el año se ha
ido depositando en una pila fuera de los establos. Durante los meses
del invierno el prado permanece en reposo y muy al principio de la
primavera se meten las vacas para que pasten y limpien la finca. Allá
por abril se suele fertilizar con abonos químicos y ya se deja crecer
la yerba (palabra admitida por la Real Academia de la lengua) hasta la
siega.
Si la primavera es lluviosa, aquí es frecuente, saldrán abundantes y
tiernas gramíneas y leguminosas. Cuando los campos empiezan a perder,
un poco, ese verdor rabioso y se ve algunas gramíneas amarillear es el
momento de la siega. No hay que dejar que un prado amarillee porque
todas las proteínas de la hierba se habrán perdido y el heno se
convierte poco menos que en paja.
Es fundamental recoger la hierba en buenas condiciones porque es el
alimento para el ganado en los meses del invierno.
Hoy todo el proceso de siega y recogida se hace con maquinaria pero
cuando yo era pequeña era todo un ritual:
Los prados eran en su mayoría pequeños, no llegaban a una hectárea
(10.000 m2) ahora después de la concentración parcelaria hay fincas
que superan las 15 hectáreas.
Se empezaba a segar bien de mañana con la “Vertolini” una segadora
donde el segador va andando y guiando la maquina, parecida a un
cortacésped. Todavía se ven hoy por los valles pasiegos cántabros.
Poco a poco la hierba iba
perdiendo su altivez para acabar regada por los suelos. Si por la
mañana se segaba, por la tarde con todo el sol y calor se iba con la
rastrilla a dar vuelta y remover las camadas de hierba para que se
secase por todos los lados. Toda la familia se repartida por el prado
con sus rastrillas. A veces encontrabas víboras y culebras debajo de
la hierba enroscadas. Ni que decir tiene que cundía el pánico y se
liaba toda la familia a rastrillazos con el reptil. Unas veces se
rompía la rastrilla y se escapaba la culebra, otras veces era lo
contrario pero para el resto de la tarde ya veías víboras por todos
los lados. Hoy se que las culebras son inofensivas no así las víboras.
Lo mejor de la tarde con un calor sofocante y la rastrilla dale que
dale era la merienda. Para estos días de la siega se empezaba el jamón
de casa y era casi tan bueno el tocino como el magro. Si el jamón
estaba un poco salado, la gaseosa “La casera” con un poco de vino era
el mejor refresco.
Hasta que no se acababa de dar la vuelta a toda la yerba del prado de
allí no se movía nadie. Muchos vecinos se juntaban y hacían la siega y
recogida del heno en perfecta armonía. Hoy las cosas han cambiado y
campea el individualismo.
La lluvia es el peor enemigo de la siega. Si por la tarde salía el
viento norte ya el riesgo de tormenta estaba descartado pero si la
tormenta aparecía y la hierba se mojaba todo el trabajo se iba al
garete y había que volver a rastrillar para secarla.
Al día siguiente por la mañana
otra vez con la rastrilla y por la tarde se ponía en hileras para ir
cargándolo en los carros, se llevaba a las casas y se empayaba en los
pajares o se hacían hacinas en las cercanías de las casas.
Era el peor trabajo porque había que subir la hierba escaleras arriba
y luego pisotearlo en el pajar donde apenas había ventilación.
Pero enseguida vinieron las máquinas empacadoras o enfardadoras y
aquello ¡si era progreso!. En poco tiempo, una enfardadora engullía
toda aquella hierba que tan bien conocía la rastrilla y acababa
empaquetada y atada con cuerda en pequeños fardos.
Yo, pequeña y flacucha no podía ni mover ni levantar aquellos
gigantescos fardos así que mis tíos siempre me decían: - Chiqui, vete
para la casa.-
Pero yo hacía poco caso y andaba detrás de aquel artilugio de máquina
observando como primero tragaba la hierba por delante y enseguida la
lanzaba por detrás ya atada en fardos; y también como mi padre
maldecía el artilugio cuando se estropeaba y lanzaba los fardos sin
atar con cuerda.
Y así año tras año y han pasado
cuarenta.
Hoy, esta cultura del prado ha
cambiado mucho. En un día, la hierba se siega y se recoge en grandes
bolsas de plástico. El hombre no la toca y no se espera a que el sol
la dore y la seque. Se tiene demasiada prisa para todo o ¿es el
progreso?.
Se ha comprobado que esta nueva
técnica de recogida empobrece el prado porque no deja caer la semilla
pero los abonos químicos dicen que hacen milagros.
Subir a La Peña este mes de junio
y otear el valle es de una belleza que raya con la perfección. Los
prados todos tienen un verde distinto porque no todos se han segado a
la vez y entre medio de ellos hay hileras de árboles o sotobosques,
sin olvidar los campos que aún quedan por segar y los prados que se ve
que son pastados todo el año.
Muy cerca de este paisaje aparecen diminutos pueblos como si desde el
cielo los hubiesen dejado caer como suaves parapentes.
Pero este paisaje y esta cultura del prado van camino de desaparecer y
las fincas acabaran convertidas en urbanizaciones, pabellones
industriales y sabe Dios cuantas cosas más.
Y quienes en el futuro las habiten no sabrán que primero estuvieron
tapadas por el mar, luego fueron frondosos bosque, más tarde dorados
páramos de trigales y ahora, por el momento, fértiles prados.
Pero a los meneses siempre nos quedará el recuerdo, que no es otra
cosa que MEMORIA VIVA.
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