|
Hay días que las
situaciones más sencillas se complican de tal manera que
cuesta trabajo salir del atolladero.
Como una de tantas veces que se visita la comarca de Las
Encartaciones, se organiza una salida de medio día para un
grupo de 54 personas que es la capacidad de un autobús.
Una salida muy sencilla de medio día: ferrería de El Pobal en
Sopuerta, la torre de Loizaga con la mayor exposición de Rolls
Royce del mundo en el municipio de Galdames y vuelta a
Sopuerta para comer en un prestigioso restaurante. Después
regreso a Bilbao.
Para coordinar el viaje se busca a una guía que conozca el
recorrido, los enclaves turísticos a visitar y se adapte al
perfil del grupo.
Se llama a una guía el día anterior por la tarde.
Todo parece fácil en comparación a los trabajos que está
acostumbrada a realizar esta guía.
A las 9h 30 y con un día espléndido como se ven pocos en
Bilbao comienza la salida. Hay que recoger dos grupos en dos
hoteles de la capital y el tercero en Algorta.
Desde el autobús y pasando por el Campo Volantín sale al
encuentro el Guggenheim, luego el futuro miembro del
Patrimonio de la Humanidad, el Puente Colgante de Portugalete
y municipio que fue de las Encartaciones.
En Algorta y una vez el
autobús completo, se inicia el camino hacia la ferrería.
Primer fallo de la guía: No
presenta al conductor, cuando sabe que en un viaje en autocar
son un tripartito donde los tres miembros son igual de
importantes (turistas, conductor y guía).
El trayecto hasta el primer
objetivo que es la ferrería transcurre normal. La guía hace
una introducción a la comarca de Las Encartaciones primero en
el aspecto geográfico, demográfico y medio ambiental
Se llega con puntualidad a la
ferrería pero ha llegado un grupo de escolares y hay que
esperar para organizar las dos visitas.
Una de las guías del local se
encarga de mostrar la ferrería, el molino y el conjunto de
edificios. Mientras, la guía del grupo hace las labores
burocráticas de pagar la entrada y comentar con el chofer el
recorrido hasta la torre de Loizaga en el municipio de
Galdames, a escasos 20 minutos de la ferrería. Se da la
casualidad que ni el chofer ni la guía han ido nunca a la
torre desde Sopuerta. La guía ha ido varias veces pero siempre
desde el municipio de Güeñes y conoce la carretera que sube a
la torre llena de curvas y muy estrecha. Sabe que está
indicada la entrada a la torre con carteles lilas, los típicos
que señalan un enclave histórico-artístico. Como tiene algunas
dudas llama a la oficina de turismo pero nadie contesta.
Después de una hora de visita
en el complejo siderúrgico, el grupo sale encantado y no es
para menos puesto que es una experiencia poco usual en los
tiempos que vivimos.
Para llegar al aparcamiento
hay que subir una pequeña cuesta a pie ¡Y aparece una culebra!
La culebra de collar (natrix natrix). Es chocante que
la guía se pasa todo el año en el monte y tiene que venir al
asfalto para ver el reptil. Se le comenta al grupo que no es
una víbora sino una indefensa culebrilla asustada.
De nuevo, todos en el autobús
se avanza hacia el segundo objetivo de la mañana: La torre de
Loizaga con la exposición de 73 coches, 43 de ellos Rolls
Royce y hoy solo se abre para el grupo.
Primer patinazo del chofer:
no ve los carteles indicadores y se pasa la entrada, enseguida
se da la vuelta y se coge la carretera indicada. Al autobús le
sigue un coche que se ha unido al grupo. Algunas personas
manifiestan que tienen sed pero en el recorrido no hay bares
sino muchos montes
Carteles continúan indicando
la torre de Loizaga pero al coger un desvío ¡un puente por el
que el autobús no pasa! ¿y ahora que? Un puente romano como
los que hay en Mena tan parecido como que corresponde a la
calzada (Flaviobriga-Pisoraca) que pasa por el valle de Mena.
Algún autocar se había
llevado las barandillas de ambos lados del puente y solo
pueden pasar coches y con cuidado. Es obvio que los romanos
desconocían la envergadura de un autobús cuando construyeron
el puente.
Segundo error de la guía: no
sabe que es muy fácil salir de allí, solo hay que dar hacia
atrás y coger de nuevo la carretera puesto que más adelante
hay un desvío para vehículos grandes. El conductor se entera y
en tres minutos se está de nuevo en ruta. Esta situación crea
cierta inseguridad en el grupo pero es momentánea.
El pobre vehículo va subiendo
y al mismo tiempo bordeando una ladera con un paisaje típico
encartado: montañas, bosques de pinos y caseríos dispersos. Al
mismo tiempo, los visitantes escuchan la historia de la zona
tan accidentada como su orografía.
Por fin se divisa la torre a
lo lejos pero el camino es estrecho y lleno de curvas, si
aparece un vehículo de frente va a ser complicado ¡ y tan
complicado que apareció un camión de obra!.
El personal venía sediento,
mareado de tanta curva (eran de la costa levantina) y medio
dormidos pero cuando vieron el poderío de la torre y sus 6
pabellones les cambio la cara. Resulta más interesante
observar los rostros y comentarios de los visitantes que la
propia exposición. En una hora el encargado de la torre enseña
“el dinero invertido en lujo”, una auténtica fortuna que
contrasta con la carretera por la que han pasado todos
aquellos coches. Más que carretera parece una senda de
elefantes.
Son las 14h 20 y hay que
volver hasta Sopuerta, en el barrio de El Carral está el
restaurante, en el caserío Mendiondo.
Tercer patinazo de la guía:
sabe donde está el restaurante pero la ubicación exacta no.
Hay que subir una pequeña cuesta que ella no ha subido puesto
que no ha ido nunca al restaurante.
Es mejor que todos se bajen
en el aparcamiento de la carretera y suban andando aunque
desde la empresa, que ha contratado la guía, se insiste en que
suba el autocar hasta la misma puerta del caserío Mendiondo.
Tan a punto que aparece el
encargado de la torre y dice que suba el autobús hasta el
mismo Mendiondo. El vehículo sube y claro el aparcamiento no
es precisamente el de Eroski center. El personal llega al
restaurante diez minutos más tarde de lo previsto. El autobús
no puede dar vuelta y allí no puede quedarse.
Sale el dueño del Mendiondo,
se quitan coches aparcados y aun así el vehículo no puede dar
vuelta. Aparece un cocinero nervioso diciendo al dueño que hay
unas cuantas personas más de las previstas (las del coche).
El dueño lo soluciona todo,
el autobús logra enfilar cuesta abajo. Y la guía tiene que
darse prisa para coger otro autobús.
“El éxito consiste en ir de
fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”
¿Has adivinado quién era la
guía?
|