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Aún visitando la exposición con guía, visualizar 204
piezas con 125 temas iconográficos de estilos
románico, gótico, renacentista, barroco, neoclásico y
moderno, de entre los siglos X y XX, no lo aguanta ni
el más pasota de los catedráticos de arte.
A la media hora de recorrido
tenía ya el disco duro (la cabeza) lleno de virus de
arte religioso: tallas, iconos, lienzos, tapices,
relieves en madera, piedra, alabastro, marfil, nácar…
pinturas, libros, vidrieras…y aunque el Pantócrator
intentaba poner orden los virus se comían el protocolo
de mi disco duro.
Solo cuando escuchaba
nombres de escultores como Pedro de Mena, Balmaseda,
Berruguete, el del retablo de Villalcázar de Sirga, o
Diego de Siloe, el del santa Casilda de Briviesca, me
fijaba en la obra.
La sillería del coro de la
catedral se hizo de rogar pero cuando por fin apareció
¡Que arte! . De madera de nogal parecía recién tallada
pero se comenzó en 1498, a finales del gótico, por el
maestro Rodrigo, el alemán. Eche en falta el facistol,
pregunté y lo habían retirado para colocar la
exposición. Setenta y dos asientos todos tallados y
con una decoración muy variada no se ve en dos
minutos. No he visto sillería de coro más bella, ni
Silos, ni San Millán de la Cogolla, ni Oña…
Me marche de Ciudad Rodrigo
con muchos pesares: no haber sacado una foto a las
columnas romanas ni al verraco, no haber estado más
tiempo en el coro de la sillería y no haber comprado
un catálogo de “Kyrios” la decimotercera edición y
última de Las Edades del Hombre.
Si Dios quiere volveré. |