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Abrir la
bolsa y ver los arvejillos en sus estuches verdes fue como
una bocanada de aromas de infancia. Retroceder 34 años o
más en décimas de segundo solo se lo puede permitir algún
cable que vibra en el cerebro y allí estábamos la
chiquillería del pueblo, en un día de verano, camino del
río a casa.
Los baños
en el río Cadagua nos dejaban, a parte de congelados,
exhaustos. Era entonces el momento de reponer fuerzas y
que mejor que en las huertas de los vecinos. Los chicos
saltaban las paredes y arrasaban con manzanas, peras,
melocotones y sobre todo agraces pero siempre estaban
verdes y a mi la fruta verde nunca me ha gustado. Así que
iba al huerto de mis padres y buscaba entre las patatas y
las vainas, los arvejillos que se escondían y resquilaban
por donde podían. Todos los días tenía mi ración y ese
sabor…
Mientras
yo seleccionaba los guisantes más grandes, abría sus
estuches, contemplaba aquellas bolitas verdes, los
saboreaba y metía las cáscaras en la toalla mojada, todos
mis amigos hacia rato que habían desaparecido y ya
estaban en sus casas sentados a la mesa y con la cuchara
en la mano. A aquellas horas, hacia las dos de la tarde y
con la canícula apretando no se veía a nadie por la calle.
Y sin
nadie quien me observara aprovechaba para deshacerme de
las cáscaras de los arvejillos tirándolas a los matos y
tenía buen cuidado de no dejarlas tiradas en el huerto
porque todas las tardes iba mi madre a ver la cosecha.
Unos días sallaba los pimientos, otros cogía algún tomate,
traía las vainas y las lechugas y casi siempre volvía
mosqueada.
Decía : -
¿Quién pisoteará el huerto?. Se meten por las patatas y
son pisadas de críos. ¿Estos críos no tiene otro sitio
dónde jugar? Como les pille allí…
En cuanto
oía la misma retahíla de todos los días, yo desaparecía de
la cocina por si a mi madre se le escapaban algo más que
palabras. |